Crónica de una boda

Hace demasiado que no escribo por aquí, y qué mejor forma de hacerlo que con algo que me ha dado el coñazo varios meses. Los que me conozcáis o me sigáis por twitter, ya sabéis de qué hablo; ya que llevo quejándome ni se sabe cuánto tiempo sobre ello.

No me gustan las bodas. Aborrezco seguir las tradiciones. No me sirve el “siempre se ha hecho así”. Odio el “tienes que” y el “no puedes”. Detesto el protocolo. Me incomoda toda la farándula que implica una celebración de esas características y todo lo que conlleva: desde el madrugón para adecentarte la cabeza y cara en la peluquería, al tener que brindar con cava aunque su sabor te produzca arcadas, pasando por el besuqueo constante a familiares y conocidos porque eres la hija de. Y no me hagáis hablar de las semanas previas en las que no dejas de escuchar cosas como “¿Qué te vas a poner?”, “¿Cuándo vamos a comprar la ropa para la boda?” o “¿Tienes todo ya para el sábado?”.

Pero, porque siempre hay un pero, toda esa aversión hacía las bodas es todo lo contrario a lo que siento hacía quién realmente importaba ese día, así que tocó guardarse todo ese mal genio e incomodidad y pasar por lo que para mí pintaba como un calvario. Quién me manda a mi querer a mi primo…

Empieza el día. Suena Moving On de Paramore en el móvil como alarma, como lleva haciendo ya desde hace más de dos años (¿Qué? Ya. Odio lo tradicional, pero tengo unas cuantas manías y costumbres). Pasas horas en la peluquería, te dejas “disfrazar” lo justo y necesario para que te permitan no ir del todo ridícula y vuelves a casa. Vuelves con un hambre voraz y “cuidado no te quites el maquillaje desayunando”. Toca vestirse, ponte el mono y las sandalias y mentalízate que vas a estar así de incómoda todo el día. Ojo, ¡no te olvides el bolso y no te toques la cara!

Dirígete a la iglesia y busca esa sombra que crees que va a salvarte de no sudar. Búsqueda fructífera, resultado negativo. El bochorno es inaguantable, pero empieza el show. Besuqueo por doquier. Saludas al novio, a la madre, a la hermana, al padre, conoces a los amigos, ¿dónde está tu padre?, ¿hay alguien en la otra puerta?, ¿ha venido ya el abuelo? Consigues escaparte del meollo y entras en la iglesia a recibir el frescor de Dios cada vez que puedes. Cualquier excusa es válida. Como toda boda, la ceremonia empieza con retraso. Aguantas el “oh, qué guapa, tendrías que arreglarte más a menudo” y sonríes de vez en cuando. Dos horas después termina la formalidad ante los ojos de Cristo y toca esperar a la joven pareja bajo el sol, cargando globos, arroz de colores y confeti para putearlos a la salida de la iglesia. ¡Viva los novios! Ya tienes de todo en la cabeza y en partes que no pensabas que el arroz alcanzaría. Pero no pasa nada, ahora vamos a comer. Te tragas una hora en coche de camino para llegar al lujoso hotel que nos hospedará la velada el resto del día.

Segunda parte. Llegamos al hotel. Vamos a disfrutar de un minucioso pica-pica en el jardín, sorteando el sol bajo las palmeras y los paraguas, oyendo historias que los adultos se cuentan entre primos, y soportando las fotos a traición que intentan hacerte a la que te despistas. Después de beber para evitar la deshidratación y comer como una sin-techo, aparecen los novios. Música, los cámaras grabando, los fotógrafos en plan japoneses sacando fotos de todo y desde todos los ángulos y tu prima que no deja de hacer fotos a todo y todos. “Poneos todos los primos juntos”, “Mírame un momento que te haga una foto que tu tía quiere verte”, “Oh, qué guapa, ¿nos hacemos una foto?”.

Con la noción del tiempo perdida por completo, pasamos al comedor. Oh qué bonito todo. Localizas el cuarto de baño dónde tendrás que pelearte con el súper mono que llevas puesto. Música de ambiente y comida durante un buen rato. Después de comer de forma inhumana, llegan los momentos emotivos. Un montón de videos y fotos antiguas, y un montón de lágrimas. Ya sabéis cómo va eso.

Y por último, la señal de que todo está a punto de terminar: el baile. Canciones del año de la castaña, canciones de moda, canciones de cachondeo. Canciones de las que no conoces la mitad por tu manía de seguir corrientes musicales alternativas y hacer el vacío a todo lo que está de moda. Éste es el plan: buscas la barra libre, aguantas una mesa un rato, después la columna, después vigilas la bebida de tu madre, después controlas el bolso de tu hermana, te acoplas con la primera persona que se siente con la excusa de que te duelen los pies pese y a no llevar tacones, buscas alguien que tenga algo interesante que decir, entablas conversación con todo el que tenga alergia al baile, y sobre todo, no olvides dónde está la barra libre.

Y ése fue mi sábado. Cómo siempre pasa, no todo es tan malo como se espera. Lo peor de todo este tipo de celebración es la preparación, los días previos, los agobios. Sí, me quemé los hombros, odié mucho las sandalias y el mono, acabé hasta las narices de esquivar cámaras y me he levantado como si me hubieran dado una paliza; pero todo lo que me llevo de ayer no es malo. En la vida había visto a mi primo, el novio, bailar (la barra libre hizo parte del trabajo), ver las fotos de cuando éramos pequeños sentados todos los primos en la misma mesa tampoco estuvo mal, ése primo que siempre va de duro fue el lloró más que ninguno, me di cuenta de que mi tío de joven era hípster, creo que no veía llorar tanto a mi prima desde que nos dábamos escobazos de pequeñas en el patio de la abuela, sin maldad alguna me reí cada vez que veía a la novia llorar (algo así como todo el día), descubrí que no era la única friki de la fiesta (let’s celebrate!), me reí viendo a mis tíos y a mi madre bailar, el DJ hizo hacer el ridículo a los amigos del novio y a mi tío con “el baile del cuadrado”, y hubo algún que otro momento de critiqueo placentero.

Sin duda me quedo con la imagen de mi primo al final del día, intentando hacerme pasar la noche en el hotel, pidiéndome un cubata en la barra esperando verme bailar y ante todo, más feliz que unas castañuelas.

Y me enamoré de un postre. Me caso con una piña, estáis invitados.

pd. Me quiero meter en la maleta e irme de luna de miel con ellos a Japón, pero no me dejan.

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